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Cochraniano21 de marzo de 2005 Juan Gérvas Médico de AP, Equipo CESCA Se dice del que cree en los ensayos clínicos con más pasión y menos juicio que Archie Cochrane. Es, también, el sujeto que ha transformado su fe en los ensayos clínicos en una actividad altamente lucrativa. Ambas especies conviven sin dificultad, pues tienen un triple denominador común: la veneración de las universidades de Mac Master (Canadá) y Oxford (Reino Unido), el culto a los informes de la Biblioteca Cochrane, y el patrocinio de sus actividades por la industria farmacéutica (a la que aparentan despreciar, en público). Muchos son médicos que han renegado del trabajo clínico, y que reniegan de los médicos clínicos. Además, utilizan barbarismos incontables e innecesarios, como traducir evidence por evidencia (y no por prueba, testimonio o hecho), y library por librería (y no por biblioteca). Si Archie Cochrane levantara la cabeza de su tumba vomitaría sobre los cochranianos, sin duda. Es cierto que la Colaboración Cochrane tiene un haber impresionante, como 2.047 revisiones sistemáticas en el número 3 de 2004 de la Biblioteca Cochrane, y 415.000 referencias a ensayos clínicos en desarrollo y finalizados en CENTRAL, el registro ad hoc. Es cierto que hay algunos, pocos, ensayos clínicos que ayudan a tomar decisiones en la práctica clínica. Pero lo que promueven los cochranianos es indecente, por decirlo en su mal inglés. Pretenden que crucemos alegre y confiadamente las procelosas y turbulentas aguas del Estrecho de la Incertidumbre que separa la Tierra de la Categoría de la Tierra de la Anécdota. Es decir, que pasemos sin pensar de la verdad revelada (los ensayos clínicos, la categoría) a la práctica clínica (el caso siempre personal y único, la anécdota). A los cochranianos no les asustan, por ejemplo, los muertos evitables por rabdiomiolisis (cerivastatina), suicidio (inhibidores de la recaptación de serotonina, en adolescentes), infartos de miocardio (rofecoxib y otros antiinflamatorios selecti vos), y cáncer de mama, ictus y embolias (tratamiento hormonal substitutorio). Son como los economistas, perfectamente capaces de explicar lo que pasó para seguir tomando erróneamente decisiones que destruyen el futuro. Los cochranianos cuentan además con el beneplácito de políticos y gerentes, enamorados de ellos (¿no has notado cómo les miran con sonrisa bobalicona, cómo les aplauden y jalean cuando nos adoctrinan, los grititos de satisfacción que les surgen del alma al oírlos?). Los cochranianos, políticos y gestores piensan que tienen que domar a las bestias, que somos los médicos clínicos. No se dan cuenta de que las bestias son ellos, pretendiendo evangelizarnos con ensayos clínicos en los que no se tiene en cuenta ni siquiera la clase social de los pacientes, ni ningún aspecto que no sea biológico, en el mal sentido de la palabra. ¡Qué brutos! El Periódico de la OMC, "A contrapelo", número 99, febrero de 2005 Etiquetas: |
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